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Ateo

Esta es la respuesta a un comentario que me llegó en la entrada de "El niño ateo"

No quise escribir el comentario en la entrada por la extensión de este, por eso decidí escribir un post entero para contestar. 

Agradezco de antemano a Rebeca, que escribió en mi blog. 



Hola! Me acordé de tu blog y dí con este texto porque en varios haces referencia a tu ahora ateísmo. Sentí cierta confusión de leerte, principalmente porque los argumentos que das son de la existencia de Dios ligados 100% a la fe y creo que ahí es donde hace falta mas estudio. Recientemente tuve una charla con una persona Ex-masona convertida al catolicismo, como me imagino sabrás, la masonería se creó en principio para atacar a la iglesia católica porque la iglesia no aceptaba los avances de la ciencia. Platicando con ella me dí cuenta de que cuestionar las prácticas de la iglesia, los mandamientos que “te hacen” seguir, juzgar a sus sacerdotes, etc. no tienen nada que ver con la existencia teológica de un Dios. Esta persona, después de mas de 5 años de estudios teológicos y filosóficos (obviamente no tenía nada que hacer mas que estudiar), encontró que Dios existe, un Dios personal, no un bien supremo como algunas religiones lo hacen ver. Pero lo que te convierte en alguien con o sin fe es precisamente eso: LA FE, la cual no es racional. 

Enseñarles o no a tus hijos sobre Dios es algo muy personal, y como bien lo explicas tomaste la decisión de ser ateo a los 26 años, pero muy seguramente hubo situaciones de las cuales te ayudó creer en algo. El papá Francisco hace poco dijo que no tiene nada de malo dudar, sino no ir mas allá para buscar una respuesta. Sé que nada de lo que diga va a hacerte cambiar de opinión, entiendo tu hartazgo y lamento mucho no hayas encontrado una mejor forma de vivir tu fe en su momento y que no hayas encontrado a alguien más preparado para contestar tus dudas. Definitivamente les faltó explicarte que Dios te creó libre, libre para dudar, para estudiar, para hacer bien o mal. Ojalá encuentres lo que busques y no te quedes con una posición ta mediocre como el no creer en nada. 

Saludos!



Hola Rebeca. Decidí escribir una entrada de blog para contestar a tu comentario. No estoy seguro de entender del todo lo que me quieres decir, pero algunos puntos me llamaron la atención y decidí que merecían una explicación amplia, que en un comentario puede ser tedioso, pero en una entrada de blog hace más sentido. Así que voy a tratar de contestarte lo más claro que pueda, tratando de hacer el mayor sentido posible. 

Creo que mi respuesta se resume en esta idea: mi ateísmo nace de lo absurdo de la idea de dios. No necesito creer en “algo”, como mucha gente me dice. Alguien una vez me dijo, igual que tú, que era mediocre no creer en nada; la frase que usaron, irónicamente, fue “¿no te parece que no creer en nada es como ser tibio?”. No, no me parece en absoluto mediocre no creer en nada. Sobre todo porque ser ateo no significa que no creo en nada, solo significa que no creo en dios. Yo creo en muchas cosas, y en muchas ideas. Principalmente creo en mí. ¿Dejo de ser ateo porque creo en algo? No. En realidad, es al contrario. A mí me parece muy mediocre creer en dios, en mayor o menor categoría dependiendo de cuánta responsabilidad se le otorga al dios en el que se cree. Pero sí, me parece mediocre creer en algo que no sabemos si existe o no. 

Yo hablo de mi ateísmo y de cómo dejé de creer en el dios judío, cristiano, católico, mas eso es solo porque YO era católico. Pero en realidad dejé de creer en todas las supersticiones e ideas ilógicas que existen en nuestra cultura. Como dije en la entrada que comentaste, dejé de creer en las ideas que no tenían sustento. En verdad te lo digo, creo que es de lo mejor que he hecho en mi vida. Dejé de creer en fake news: o me das una fuente confiable o pruebas que sustenten tus dichos, o no te creo lo que me digas. Me olvidé de ovnis, fantasmas, mala suerte, correos engañosos, pseudo ciencia, medicina alternativa, homeopatía y todo lo que no tuviera pruebas contundentes con las cuales sostener los argumentos. 

Esto no quiere decir que solo creo en aquello que puedo probar por mis propios medios. Por ejemplo, no puedo entender como funciona el aire acondicionado; tiene algo que ver con comprimir fluidos y reducir su temperatura con la bajada de presión, pero no lo entiendo completamente y jamás sería capaz de construir un aire acondicionado que funcionara. Sin embargo los uso, y les creo a los fabricantes cuando me dicen que funcionan, ¡porque funcionan! No creo que la tierra sea plana aunque nunca he ido al espacio a verificarlo. Pero cuando me hablas de dios y sus métodos funcionan al asar, con probabilidades que no demuestran la existencia de un dios, pues no creo en él. 

Me hablas de un dios personal, pero en realidad no entiendo lo que quieres decir. Dios existe o no existe, si cada quien tiene un dios personal, pues es casi como decir que cada quien tiene conciencia. Claro, la conciencia existe, pero si eso es dios, pues se queda muy cortito a lo que la gente piensa que es dios: cada quién decide qué es dios para cada uno, y por lo tanto pues dios puede ser todo o nada. Si la idea de “dios” es tan vaga como eso, no me interesa ni siquiera pensar en dios. Luego dices que me faltó hablar con gente más preparada que me explicara que “dios” me creo libre para dudar de él. Primero que nada tengo que decir que esas personas más preparadas no me faltaron en mi vida. Eso me lo explicaron muy bien cuando era joven. Pero lo que no entiendo de tu comentario es la diferencia entre un dios personal, lejano del dios católico, pero que al mismo tiempo me creó libre. ¿Quién es ese dios personal del que hablas? ¿Cómo sabes que te creó? Si es personal, pues es un dios diferente del de cualquier otra persona, ¿no?

Creer en algo que no existe puede ser útil, sí estoy de acuerdo, así es justamente como funcionan los placebos. Pero yo creo que es mucho más peligroso que útil. Que me haya “ayudado” creer en dios en alguno de los 26 años que creí que existía, no lo dudo. Mas sin embargo creo que hubiera sido más útil encontrar otra alternativa que la fe ciega en algo inexistente. ¿Cómo puedo saber qué hubiera hecho en aquella circunstancia si no hubiera creído en dios? Tal vez hubiera encontrado alguna solución a mi problema en vez de aceptarlo porque "los planes de dios son perfectos y tiene algo mejor preparado para mí". 

Pudiéramos decir que creer en Santa Claus es algo bueno ¿cierto? ¿Por qué no seguimos creyendo en Santa Claus ahora? ¿Qué nos limita a creer en un personaje ficticio y no en otro? Y algunos dirán “a mí sí me gusta creer en Santa Claus” “me gusta creer en personajes fantásticos”, perfecto, muy bien, pero te aseguro que ninguna de esas personas toman decisiones serias basadas en Santa Claus. 

Creer en algo porque te puede ayudar en algunas circunstancias no me parece una razón suficiente para hacerlo. Mi argumento más fuerte es que gracias a que personas creen en algo que no existe y que no pueden comprobar, terminan creyendo que ese dios les pide estrellar aviones contra edificios, o estar seguros que los homosexuales son una aberración, o conformarse con su pobreza porque al fin y al cabo, cuando mueran tendrán un paraíso bellísimo para habitar en él eternamente. 

Creer en ideas ilógicas es muy peligroso, y no creo que pesen más los buenos sentimientos que “dios” provoca, a los infames crímenes que se cometen en su nombre y gracias a una plena confianza en que se realizan porque él así lo quiere. No hay persona más peligrosa que aquella que está convencida de que un ser de quien no tiene pruebas de su existencia le exige llevar a cabo una atrocidad. ¿Sabes por qué? Porque no hay manera de convencerlo de lo contrario. No pueden convencerlo de que es falso lo que piensa, porque sus creencias no están basadas en evidencia. 

A mí me gusta saber, no creer. Prefiero meditar mis decisiones y mis convicciones, a esperar que lo que esté haciendo sea lo correcto, confiando en lo que alguien más dice. Prefiero ser dueño de lo que hago, sin justificarme culpando a otros. Por eso no creo en dios. 

Pero para que no quede duda que ser ateo no es no creer en nada, aquí te dejo un credo que escribí, después de convertirme en ateo, cuando me pregunté a mí mismo en qué creía, ya que dios estaba fuera de la lista. Esto fue lo que resultó:




No es ataque, es información

Sam Miller
Recientemente me llegó en un mensaje de WhatsApp una carta escrita por un empresario estadounidense, Sam Miller, defendiendo a la iglesia católica de los “ataques” de la prensa en los últimos años (la carta se escribió en 2008). En ella menciona cifras de las que los católicos deberían  sentirse "orgullosos de pertenecer a la organización no gubernamental más grande de Estados Unidos”. No me queda duda que la Iglesia realice muy buenas obras para la comunidad, y sin duda los católicos pueden y deben sentirse orgullosos de eso, lo que no los limita a denunciar y enfurecerse por los muchos crímenes que cometen los miembros de esa organización. (Ya anteriormente publiqué mis razones para no estar tranquilos con lo que pasa dentro de la Iglesia desde hace muchos años.) 

Si bien me gustaría desmenuzar cada párrafo de la carta y poner en perspectiva todo lo que en ella se menciona (por ejemplo, comparar la cantidad de dinero que recibe la iglesia en donaciones con la cantidad que utiliza para buenas causas y la que se usa para satisfacer lujos innecesarios de los miembros de la iglesia), por falta de tiempo me limitaré a refutar los argumentos más obvios que mi lógica me permite; porque el empresario estadounidense no solo menciona datos imprecisos, sino que incluso, si estos fueran correctos, sería inconcebible utilizarlos de la manera que lo hace Sam Miller. 

Por ejemplo, su argumento principal es que la prensa inexplicablemente se enfoca en denunciar y exponer los casos de pederastia por parte de los sacerdotes. Pero el argumento que utiliza es que “únicamente” 1.7% del total de los sacerdotes ha sido encontrado culpable de pederastia. Solo ese argumento me parece tremendamente irrespetuoso. Minimizar los crímenes de sacerdotes solo porque es una minoría quienes los cometen es ofensivo. Podría escribir un ensayo completo enfocado en ese párrafo nada más. Sentirse ofendido porque denuncian estos casos es no entender la gravedad del problema. 

En primer lugar, el numero de agresores no es igual al numero de víctimas. El 1.7% de 400,000 sacerdotes es igual a 6,800 sacerdotes encontrados culpables de pederastia (según las mismas cifras de Sam Miller), sin embargo esto no quiere decir que existen únicamente 6,800 víctimas. La mayoría de los sacerdotes abusaron de más de un menor; de esta manera se dimensiona el verdadero problema y el verdadero crimen. Sam Miller ni siquiera menciona a las miles de víctimas de los sacerdotes, ¿esto no le ofende? Además, 1.7% son solo los que han sido encontrados culpables, faltan los que todavía no conocemos, porque es imposible pensar que son solo los que han sido denunciados los que incurren en esto, sobre todo después de saber que muchos de ellos llevaban décadas abusando de menores antes de que los casos salieran a la luz.

Además, la critica más fuerte hacia la iglesia es que se comprobó que muchos de estos sacerdotes eran protegidos por la misma organización. Los pederastas no eran sometidos a juicios penales, y peor aun, únicamente los cambiaban de lugar cuando sus superiores se enteraba de esto. ¿No resulta indignante? ¿Saber que las autoridades de la iglesia sabían que tenían criminales en su organización y en vez de tomar acciones para proteger a las víctimas, preferían proteger a los criminales? ¿No es suficiente para señalarlos y ponerlos en evidencia? ¿O primero deberíamos enumerar las buenas acciones que hacían para saber si era suficiente abusar sexualmente de un niño para destituirlos de sus puestos y responsabilidades?

Sam Miller, en un esfuerzo por minimizar aun más el hecho de que sacerdotes abusen de menores, utiliza otra estadística, de la iglesia protestante, y la compara con los católicos. Dice que 10% de esos clérigos han sido hallados culpables de pedofilia. Increíblemente a muchos católicos esta comparación les parece digna de compartirse. Un dicho popular dice “mal de muchos, consuelo de tontos”; queda perfecto en esta situación. Y lo peor es que el dato ni siquiera es correcto. 

Para escribir este ensayo no me basé únicamente en el mensaje de WhatsApp que recibí, sino que fui a la fuente original, a leer al carta completa de Sam Miller y a verificar algunos de los datos que en ella menciona. Sin sorpresa encontré que Sam Miller cometió un error al citar un libro y decir que 10% de los clérigos protestantes habían sido encontrados culpables de pedófila. El autor del libro desmintió esta afirmación al explicar que lo que él había mencionado era un estudio de clérigos recibiendo tratamiento, de los cuales 10% eran pedófilos. Y aclara que esto no significa que hubieran abusado de niños, sino que tenían ese problema psiquiátrico. (Aquí la nota de la corrección de estos datos.)

¿Qué tendría que decir Sam Miller al escuchar esto? No solo es mentira que 10% de los clérigos protestantes sean pedófilos, sino que estaban recibiendo ayuda y tratamiento psicológico, cosa que no sucedía en la iglesia católica. Aparte de las otras estadísticas que menciona sobre encuentros sexuales, indebidos y consensuados, entre clérigos protestantes y miembros de la comunidad sin mencionar que pasa exactamente lo mismo en la iglesia católica. Incluso una investigación estima que 50% de los sacerdotes católicos incumplen el voto de castidad. Esto no quiere decir que son pederastas, simplemente que si Sam Miller se queja de la prensa, debería también reconocer que las quejas no son infundadas, y que son los peores casos los que hacen más ruido, pero no son los únicos. 

Lo que concluyo de este tipo de esfuerzos de minimizar crímenes es que simplemente la iglesia católica se siente ofendida por ser señalada por sus fallas. Sam Miller menciona que “la agonía que la Iglesia siente y sufre no es necesariamente culpa de la Iglesia”, pero no estoy de acuerdo. No son una minoría la que le da mala fama a la iglesia, es justamente gente como Sam Miller, que, en vez de indignarse y reclamar que existan este tipo de abusos, defienden los hechos tapándolos con “buenas obras", lo que le da mala fama a la Iglesia. Si no tuviéramos que enterarnos por medio de la prensa que estos sacerdotes abusaban de menores y hubiera sido la Iglesia Católica quien los entregara a las autoridades para que fueran juzgados y pagaran por esos delitos, el panorama sería muy diferente. 

Los casos de pederastia no son los únicos delitos de la Iglesia, solo son los peores. El hecho de que hagan cosas buenas no les resta culpa donde la hay. Defender a la Iglesia por sus buenas acciones es como defender a un político corrupto porque ayuda a los pobres con el dinero de los impuestos. No se justifica que delinca solo porque hace lo que debe de hacer con recursos que ni siquiera son suyos. 

Y por último, no es trabajo de la prensa exaltar las buenas obras de la Iglesia Católica o de cualquier otra organización, sino descubrir los delitos que se esfuerza por esconder. No es trabajo de la prensa hacer promoción de la Iglesia Católica, pero sí es su deber informar de las malas acciones de esta para evitar que se sigan llevando a cabo. ¿Acaso la Iglesia se la pasa reconociendo todo lo bueno que realizan las otras religiones y lo da a conocer a su comunidad? 

La Iglesia Católica no es peor que otras organizaciones, gubernamentales o no gubernamentales, pero sin duda se jacta de ser referencia moral para millones de personas y recibe beneficios gracias a eso. Claramente esa es la razón por la que esconden los crímenes que se comenten dentro de ella, pero no es razón para minimizarlo, y menos razón para sentirse ofendido porque alguien más lo expone al público. 




Addendum:

Aqui una lista de algunos de los reportajes sobre pederastia, que la prensa ha publicado, que no tienen nada que ver con la Iglesia Católica.



  • Michael Jackson
  • Cuarenta rabinos en Nueva York en 2017 acusados de pederastia
  • Médico de las gimnastas olímpicas de EEUU
  • Kevin Spacey, Bryan Singer y todos los casos de pederastia y abusos sexuales en Hollywood
  • Casos de pederastia en la Iglesia Mormona de Marstinburg, Virginia

El niño ateo



Normalmente cuando alguien me pregunta desde cuando soy ateo contesto que desde los 26 años. Esto es en parte cierto, pero en realidad es una respuesta muy simplificada. Fui católico  creyente durante muchos años, siempre tratando de entender más sobre Dios, la religión, los mandamientos de la Iglesia Católica, el pecado, el cielo y el infierno. Traté de entender la Biblia y tenía una filosofía personal muy amplia, y cada duda que me venía la resolvía meditando en ella o preguntando a algún sacerdote o seminarista. Para la edad de 18 años yo estaba convencido al 100% de la existencia de Dios y de lo que me habían enseñado desde chico. ¿Cómo fue, pues, que la duda le ganó a la fe?

En primer lugar tengo que decir que el proceso fue gradual. No me desperté un día sabiendo que Dios no existía. No tuve una revelación inmediata ni hubo algún evento que derrumbara por completo mis convicciones. Gradualmente fui cuestionando más y más temas (como siempre había hecho) hasta que llegó un día en el que decidí dudar. Hubo muchas preguntas cuyas respuestas jamás me dejaron satisfecho. Cuando tenía 24 o 25 años tuve una plática muy interesante con un sacerdote sobre la razón de que las relaciones premaritales fueran pecado. Discutimos y discutimos con argumentos razonables y al final me dijo "creo que desde ese punto de vista, no es pecado tener relaciones antes del matrimonio". Tengo que agradecer a ese sacerdote, de quien no recuerdo el nombre, por haberme escuchado, por haberme entendido y por haber cambiado su opinión aceptando que aquello que yo decía hacía sentido y tenía todo el derecho de creerlo. Esa discusión abrió una pequeña puerta para continuar cuestionando y dudando. Pronto me di cuenta de que muchas enseñanzas en la religión eran ilógicas, y me rehusaba a creerlas porque me parecían igual de ridículas que las creencias de otras religiones que le parecen ridículas a los católicos. Por ejemplo la creencia de que Dios es uno y tres a la vez. O la creencia de que Dios sabe todo, puede todo, pero permite tanto mal en el mundo. Que Dios existe desde toda la eternidad. Que un pedazo de pan se convierte en tu dios y lo consumes cada domingo, solo si estás confesado porque si no es un pecado aún mayor (lo que quiere decir que antes de consumir al Dios todopoderoso en el que crees, que es el bien supremo y que es la vida eterna, tienes que decirle a otra persona, calificada, las cosas malas que has hecho para que te conceda el perdón de Dios todopoderoso y eterno, y ahora si puedes ir a comer el pan que es Dios todopoderoso y eterno). Cuando le dices a alguien que no conoce la religión católica lo que crees, suena muy tonto.  

Entonces cuando vi que había muchos huecos y contradicciones en la misma religión que un Dios todopoderoso y eterno nos había enseñado, dejé de creer que Dios realmente era todopoderoso. Y así permití que la razón fuera la que predominara al momento de escoger las creencias que influenciaran las decisiones de mi vida. Dejé de justificar acciones incoherentes por darle gusto a un Dios que predicaba diferentes posturas a diferentes poblaciones. 

En un inicio no fui abiertamente ateo. Comencé dejando de darle importancia a lo
que no  me convencía dentro de la religión. En el año 2000 estuve de vacaciones en Roma, y en la Basílica de San Pedro en el Vaticano habían abierto la puerta santa, que se abre cada 25 años, y te decían que si estabas confesado y pasabas por esa puerta obtenías automáticamente indulgencia plenaria. La indulgencia plenaria, según me explicaron en el catecismo, es la eliminación absoluta de la penitencia adquirida por cometer un pecado; para ejemplificarlo, te decían que cometer un pecado era como clavar un clavo en una tabla de madera, y la confesión era como quitar el clavo de esa tabla, pero al quitar el clavo queda un agujero que no se puede eliminar, la indulgencia plenaria quita ese agujero. Así que yo, por haber pasado por esa puerta física en un templo, había librado muchas penas que había adquirido por mis pecados. Eso justamente fue lo primero que dejé de creer; así como concederle al papa sabiduría únicamente por ser el papa. La Iglesia y sus enseñanzas fueron las primeras víctimas de mi escepticismo. Las ridículas reglas que te exigen seguir para ser parte de su comunidad me dejaron de importar. Y así empecé a cuestionar no solo la religión sino todo aquello que no tenía sustento. Si no me podían explicar sus razones de manera lógica, no les creería nada. Se acabó eso de “Dios trabaja de maneras misteriosas”, o dejaba Dios de ser misterioso o le quitaba sus títulos de grandeza. 

Después de romper esa barrera que me había sometido durante tantos años a base de miedo y conformismo, seguí buscando razones para creer en lo que quedaba de mi fe. Esto lo digo sinceramente, yo quería seguir creyendo en Dios, pero me rehusaba a depositar mi confianza en ideas sin sustento. Pronto me di cuenta que no era posible comprobar nada que tuviera que ver con la religión, y pasé a ser un agnóstico. Caí en cuenta que no importaba si Dios existía realmente o no, porque no tenía injerencia en absoluto sobre mi vida. Dios no brindaba la ayuda que le pedía, ni me castigaba por los pecados que cometía. A Dios, de existir, yo no le importaba nada. Y aunque todavía quería creer en la vida después de la muerte, poco a poco esa idea también fue perdiendo color. 

Me convertí en ateo cuando, obligándome a exigir pruebas para cualquier idea que estuviera dispuesto a creer, vi que otras personas aceptaban razones ridículas para aceptar sus situaciones. Vi cómo gente pobre aceptaba injusticias en el nombre de Dios. Vi cómo sacerdotes corruptos justificaban sus acciones por ser cercanos a Dios. Vi cómo personas normales y, en casi todos los sentidos, racionales, justificaban su odio hacia otras personas por lo que decía la “sagrada” Biblia. Fue una revelación; se me abrieron los ojos y no podía dejar de verlo. Era abrumador entender lo absurdo de la religión. Todos tenían su propia idea, y todos estaban seguros de que su idea era la correcta. Ya no podía ignorarlo. Dios no podía existir. 

No puedo mentir, fue muy liberador quitarme esa benda de los ojos. Todo me hacía muchísimo más sentido. Cuando quité a Dios de la ecuación, todo cuadraba perfectamente. El mundo me parecía más hermoso justamente porque ya no había un creador cruel, ni un juez injusto. Ya no esperaba la solución a mis problemas, sino que la buscaba. Ya no me conformaba con las malas situaciones, sino que las resolvía, o las evitaba, no había razón para aceptarlas. 

Los más importante fue darme cuenta de que cuando era chico, era ateo. Lo veo ahora. Mis sobrinos, por lo menos los más chicos, son ateos. Ellos no conocen a Dios, y cuando tienen dudas existenciales (qué pasa cuando te mueres, por ejemplo), les parecen absurdas las explicaciones que les damos los adultos. Son más inteligentes de lo que les damos crédito. Y yo sé que yo también era así. Hacía las preguntas correctas, y las respuestas me parecían absurdas. Fue después que me convertí al catolicismo por adoctrinamiento de mis padres y de la escuela donde estudié, pero la duda estaba ahí. Fue a base de repetición y reproche por desobediencia que terminé por creer realmente lo que me decían. Para finalmente volver a ser ateo después de muchos años. Por fin el último personaje ficticio que me quedaba fue agregado a la lista de “mitología”. 

Por eso ahora, cuando me preguntan (normalmente con preocupación) si no voy a educar a mis hijos en la religión, la respuesta es simple: no. Un amigo mío me hizo una pregunta que me sacó carcajadas: “¿les vas a enseñar a tus hijos que el infierno no existe?” No sabia ni cómo contestar. Obviamente no. No les voy a enseñar nada que no exista. Así como tampoco les voy a enseñar que la tetera que orbita en el sistema solar no existe, ni que los osos no comen lasaña. Si mis hijos me llegan a preguntar qué es el infierno (suponiendo que lo escuchan en algún lugar), entonces sí les explicaré que es algo que no existe, y que es una idea que muchas personas creen que es real, pero que jamás han podido demostrar y que no tiene caso pensar en eso. 

A mis hijos les voy a hablar del dios católico de la misma manera que les voy a hablar del dios hindú, o de Rá, o de Thor. Y les voy a mostrar el mundo como es, así de difícil y bello. Como dijo Douglas Adams: “¿no es suficiente ver que un jardín es hermoso sin tener que creer que hay hadas en el fondo de éste?” No les voy a negar a mis hijos el lujo de vivir sin prejuicios ni miedos; de buscar respuestas, y de ver con claridad.


No necesito a Dios

        Si Dios no va a evitar las guerras, ¿para qué necesito a Dios? Si Dios no va a evitar que sacerdotes hagan daño a niños, ¿para qué necesito a Dios? Si se usa el nombre de Dios para detonar bombas y cortar cabezas humanas ¿no sería mejor que no existiera Dios? ¿Cuál es el motivo de un Dios que cambia de opinión a través de la historia? ¿Qué divinidad tiene un Dios que nos protege más de las enfermedades a medida que la medicina avanza? ¿Dónde entra Dios cuando los poderosos siempre han tratado mal a los débiles? ¿Por qué Dios no actúa con más eficiencia siendo todopoderoso?

   Irónicamente la necesidad de Dios comienza con la conciencia. En el momento que nos damos cuenta de que existimos, no queremos dejar de existir. Para no dejar de existir, imaginamos un lugar al que llegamos después de la muerte. ¿Sirve creer algo que no es cierto? Puede que sirva para algo, como los placebos. Pensar que llegaremos a un lugar mejor después de este nos ayuda a soportar el camino si es muy duro. Sí, el poder de la mente es muy grande, y la convicción en una falacia puede lograr que alcancemos metas, pero ¿se necesita una en especifico? No. ¿Es suficiente creer en algo para que esto sea realidad? Tenemos suerte de que no sea así. ¿La creencia de algo inexistente se puede volver en nuestra contra? Sin duda.

    Puedo entender por qué la mayoría de las personas prefieren creer en Dios, y la necesidad de esto. Mucha gente usa a Dios para quitarse responsabilidad de la situación en la que están. Creer que Dios nos pone en situaciones por su “plan mayor” nos ayuda a resignarnos ante una mala experiencia que no tiene solución, pero ¿es indispensable para nuestra cultura creer en algo que no existe con tal de que nos ayude a superar momentos difíciles?  Si lo fuera, ¿habría tantos suicidios? ¿Habría tantos crímenes? Tengo la desgracia de haber conocido a personas que creían en Dios, que no les fue suficiente para buscar otra alternativa que el suicidio. Dios no ayudó en esos casos. 

     Dios tampoco ayuda a tener un mundo mejor. No solo es causante de guerras y de crímenes atroces, sino que también es una limitante para el conocimiento. La creencia en Dios limita la curiosidad: si la causa de cada fenómeno en nuestro mundo es la voluntad de Dios o el diseño divino ¿qué más hay que preguntar? ¿Para qué preguntar de dónde viene la lluvia si sabemos que existe el dios de la lluvia? ¿Cómo que de qué estamos hechos? Dios nos hizo de barro y luego nos dio vida con su aliento. ¿Cuestionar por qué las abejas producen miel? ¿No es obvio que Dios las puso ahí para nuestro beneficio? Estas preguntas parecen estúpidas (aunque no para todo mundo); pero así de irracionales me parecen todos los argumentos a favor de la existencia de un Dios que todo lo ve pero que no interviene para nada. 

     Dios parece ser más tolerante en cuanto la humanidad se vuelve más tolerante. Hasta Hitler estaba de acuerdo con Dios en que los homosexuales eran una aberración. Bueno, por lo menos con el Dios del antiguo testamento. Es más, la esclavitud también es aceptable en la Biblia. ¿Cuándo cambió Dios de opinión sobre este tema? ¿Qué no Dios promovía la guerra por unos lugares geográficos que eran importantes para él? O, más bien dicho, para los intereses de sus seguidores. En países civilizados, se cree en dioses más civilizados. ¿Casualidad? 

     Entre más conocimiento obtenemos, Dios se va haciendo menos poderoso. Antes sólo Dios curaba la mayoría de las enfermedades; ahora se necesitan mayores males y pecados más graves para ser castigado con una enfermedad incurable. Entre más conocimos de medicina, se redujeron las posesiones demoniacas hasta alcanzar casi el 0% (todavía hay situaciones que no entendemos, todavía hay lugar para el diablo dentro nosotros). En la antigüedad creíamos que las estrellas se podían caer a la Tierra; ahora usamos esas frases como bonitas metáforas, y nadie tiene miedo de ir caminando por la calle y ser aplastado por una estrella. Antes Dios era el único que podía destruir este mundo. Aterradoramente, hemos alcanzado ese poder los humanos también. 

     Yo creía que aunque me demostraran la inexistencia de Dios, seguiría creyendo en él, porque me ayudaba mucho en mi vida. A ser mejor. A ser más tolerante. A soportar mejor el dolor y las tragedias. Pero ahora me doy cuenta de que no necesito a Dios. No necesito a Dios para saber que debo ser un buen ciudadano, porque eso nos ayuda a todos. No necesito a Dios para saber que aprovecharse de los demás es moralmente malo, y que a mí no me gustaría que se aprovecharan de mí ni de ningún familiar o amigo. No necesito una ley divina para saber que debo de respetar a los demás. Si soy buena persona, no es porque es lo que Dios quiere de mí. Hacer el bien genera bien. Hacer el mal provoca más mal. No necesito un premio para entender que debo de buscar el bien común. No necesito un castigo al final de mi vida para entender que convertirme en un asesino o un ladrón (y no es un ataque directo a los políticos mexicanos) es perjudicial para la sociedad. Creo que cuando entendemos el porqué de las cosas sin recurrir a un Dios que exige obediencia sin cuestionamientos, es más difícil escoger el camino equivocado. Es cuando no entendemos las razones que volteamos a ver a Dios e intentamos descifrar qué quiere él que hagamos; los humanos no somos jueces muy justos, ni tomamos decisiones muy sabias cuando no tenemos información.

     
Por eso hace algunos años decidí darle una oportunidad a mi escepticismo. No creí que Dios siendo tan bueno me reclamara dudar. No creí que me mereciera el infiero por verificar qué cambiaba en el mundo y en mi vida si dejaba de culpar a Dios de lo bueno y lo malo que sucediera. Eso hice, y empecé a entender mucho mejor mi entorno. En vez de conformarme con la explicación de Dios, empecé a buscar respuestas por mí mismo. En vez de permitir a Dios manejar mi vida y resignarme cuando pensaba que tal vez Dios quería algo diferente para mí, decidí tomar acción por mi propia mano, y conseguir lo que quiero sin preguntar cual era el plan divino para mí. Dejé de hacer sacrificios de animales al amanecer y me di cuenta de que el sol salía por el horizonte de todas maneras. 

    También sucedió que dejé de creer en lo que no me convencía. Si un correo electrónico decía que calentar comida en el horno de microondas era dañino, ya no lo reenviaba inmediatamente, sino que buscaba más información para saber si era cierto. Si me decían que el gobierno actual era peor que el anterior por el tipo de cambio del peso frente al dólar, buscaba el historial del tipo de cambio de las últimas décadas, para comparar. Quitar a Dios de las ecuaciones no solo me hizo pensar en mí mismo y lo que quería, sino que también me quitó mucha basura mental, y empecé a pensar más independientemente. Y me di cuenta de que no necesito a Dios. 
 
     Pero lo peor fue darme cuenta de quién sí necesita a Dios. Los gobernantes. Los poderosos. Quienes someten a otras personas. Sin Dios, esas personas no tienen autoridad para mandar. Sin Dios los países no pueden lograr que sus gobernados apoyen sus decisiones más estúpidas. Sin Dios no se puede proponer una política perjudicial. Sin Dios la gente pobre no te regala dinero. La ignorancia, amiga íntima de Dios, mantiene a la gente con miedo y a merced de los avaros. Ellos sí necesitan a Dios, así como Dios necesita de los que creen en él para existir.