Mi año cucaracha

 A finales del año pasado me quedé sin trabajo. Dicho así suena simple, casi administrativo, pero en la vida real esa frase viene cargada de miedo, incertidumbre y silencios largos. De esos silencios en los que uno se pregunta qué tan frágil es todo lo que daba por sentado.

Este año no fue de grandes planes ni de discursos inspiradores. Fue un año de supervivencia. De improvisar. De aprender sobre la marcha. De hacer lo que se pudiera con lo que había. Y, contra todo pronóstico, funcionó.

Emprendí con una tienda de eBay sin capital, sin garantías y sin ninguna certeza de que fuera a resultar. Empecé en cero. Literalmente: $0. Meses después, esa tienda había generado más de 100 mil dólares en ventas. No fue magia ni suerte repentina. Fue constancia, prueba y error, equivocarme rápido, corregir y volver a intentar. Fue trabajo diario cuando no había aplausos ni validación externa.

Hace años, un tío mío decía con orgullo que él se autoproclamaba cucaracha. Había sobrevivido la crisis económica de México en 1994, cuando todo parecía colapsar. En ese entonces me parecía una forma curiosa de definirse. Hoy lo entiendo.

La cucaracha no es elegante ni heroica. No presume. No tiene épica. Pero sobrevive. Aguanta. Se adapta. Encuentra grietas donde otros solo ven muros. Este año fui eso. No el personaje exitoso de una historia bien contada, sino el que se negó a desaparecer cuando el piso se movió.

Este fue mi año cucaracha porque no fue un año de brillar, sino de resistir. De seguir avanzando aun cuando no había claridad. De descubrir que soy capaz de sostenerme incluso cuando las estructuras que me daban seguridad se caen.

2026 será retador, sin duda. No hay garantías. Pero lo empiezo con algo que antes no tenía: confianza real. No basada en títulos, puestos o promesas externas, sino en la evidencia de que, pase lo que pase, sé adaptarme. Sé sobrevivir. Sé construir desde cero.

Este año sobreviví. Y a veces, eso ya es una victoria enorme.




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