Pasa cada ocho o nueve años. Nieva un día, amanece todo blanco. Sacamos nuestras ropas más calientes, las que nunca usamos en Monterrey, y salimos al lugar donde haya más nieve. Chipinque era nuestro lugar favorito de niños.
No vas a la escuela, juegas todo el día con la nieve, y luego, al día siguiente solo queda un poco de blanco en las montañas. Sobre alguno que otro techo se ve un poco de hielo, pero ya no hay nada con qué jugar. En el periódico aparecen las notas que nos avisan lo que acabamos de ver todos. Y un día después es como si nunca hubiera nevado; tienes que esperar otros ocho o nueve años para que vuelva a suceder.
Por eso somos la burla de otros cuando salimos a tomar fotos en la nieve. Pero cuando algo sucede tan infrecuentemente, es obvio. De chico, si no sales de Monterrey a vacacionar en invierno, has visto nevar dos veces máximo antes de cumplir quince años.
Es bonito que nieve solo por un día. Nos divertimos, la aprovechamos y la extrañamos inmediatamente. Van marcando tu vida: todos nos acordamos qué hicimos los días que nevó en Monterrey. (En cambio es imposible recordar todos los días que estamos a 40 grados, sea primavera, verano u otoño).
Ayer nevó en Monterrey. Hoy ya no hay nieve ni en las montañas. Y a esperar ocho años. Tal vez nueve.
Hace
poco menos de un año vine a Saltillo a trabajar en un proyecto. Desde Mayo
estuve yendo y viniendo de Monterrey a Saltillo, y a finales de Junio renté un
departamento y me vine a vivir por el tiempo que durara la construcción de dos
naves industriales en Ramos Arizpe.
En
un principio la idea me disgustó mucho. ¿Qué iba a hacer yo en Saltillo toda la
semana? Claro, Saltillo está a solo 40 minutos en carro de Monterrey, pero aun
así,vivir en lo que yo consideraba un
pueblo no me agradó demasiado. El primer obstáculo fue encontrar un
departamento; no parece, pero encontrar un lugar para rentar puede ser muy
difícil y desgastante. La empresa me iba a pagar la renta por lo que era
necesario que facturaran el pago; aparte debía estar amueblado, que fuera para
una sola persona, que no rebasara el presupuesto que me dieron, y que estuviera
en una zona suficientemente segura para no tener que preocuparme de que la
gente se diera cuenta que el lugar se quedaba solo los fines de semana (porque
obviamente me iba a regresar cada fin de semana). Por fin encontré un departamento en renta que
cumplía con todos los requisitos y el 27 de Junio me traje parte de mi ropa, mi
computadora, mi televisión y mi Xbox a mi “nuevo hogar” por los próximos meses.
Estoy
acostumbrado a llegar a lugares nuevos sin conocer a nadie. Desde hace mucho
tiempo que no me da miedo conocer gente nueva y empezar de cero en cuestión de
vida social. Sin embargo nunca pensé que iba a batallar tanto para hacer amigos
en Saltillo. De hecho nunca pensé que fuera a batallar en absoluto. Pero las
primeras semanas que estuve aquí me sentía más solo que Robert Deniro en Taxi
Driver. Llegaba a la oficina, que a diferencia de la de Monterrey donde hay mas
de 60 personas con quien comer todos los días, en Saltillo solo había 10, y con
nadie podía ir a comer porque todos llevaban su comida a la oficina. Ni
siquiera los viernes, que en Monterrey la oficina se queda vacía porque todos
salen a comer a algún lugar, había alguien que quisiera acompañarme para ir a
algún restaurante. Entonces empecé a invitar a quien fuera a tomar cerveza
después del trabajo… nadie nunca quiso.Por eso empecé a regresarme a Monterrey no solo los viernes, sino los
miércoles también. Estaba aburridísimo. Y claro, la idea que tenía de Saltillo
no solo se confirmó, sino que empeoró.
Pero sucedió que mi hermana me dijo que el novio de una amiga suya vivía aquí,
y que si me parecía me podía pasar su Facebook para que tuviera alguien con
quien salir por cerveza. Y así fue como conocí a Gary, un gringo que llevaba 2
años en Saltillo, y que se juntaba todos los jueves en un restaurante de tacos
y mariscos que se llama Don Tiburcio a tomar cerveza con sus amigos, ingleses y
canadienses. Yo era el único que hablaba español, pero como quiera me aceptaron
en su grupo. Y entonces por fin tenía algo que hacer por lo menos los jueves
después del trabajo,y cada semana iba a
Don Tiburcio a tomar con los angloparlantes. American Gary, Chris, John (el papá
de Chris), Dave, John del norte de Inglaterra, British Gary, Nate, Joe (the
bison), Kevin, fueron las primeras personas que me ayudaron a distraerme un
poco y socializar mientras estaba en esta ciudad. Me invitaron a un viaje de
pesca, y a las fiestas que organizaban; incluso salí con ellos al viaje que
hicieron a Monterrey por el cumpleaños de Irlanda, la esposa de Gary (ya
después de que se casaron).Me
sorprendió que las primeras personas con las que hice amistad en Saltillo
fueran extranjeros; pero la verdad es que así me sentía yo cuando llegue aquí.
De
todas formas yo seguía tratando de convencer a los de la oficina que saliéramos
una tarde por cerveza; no los pude convencer, pero un día escuché decir a una
chava que se llama Angie, que tenía boletos para la premier de Pacific Rim, y
como no
iba a tener oportunidad de ir a Mty para ir al cine, sin pena me acerqué a
preguntarle si le sobraba algún boleto para mí.Me dijo que sí, y esa fue la primera vez que salí con los de la oficina
a hacer algo diferente. Y de ahí salieron los eventos de ir al cine con boletos
que le regalaban a Angie. Ya por fin tenía de qué platicar en la oficina con
mis compañeros. Vimos The Wolverine, The Conjuring, Gravity y otras películas. Era lo más cercano a las relaciones de trabajo que tenía en Monterrey. No me quejo de esas salidas para nada, pero fuera de eso, no era requerido en ningún otro lugar. Pero
luego conocí a Rulo, que trabajaba en una de las plantas que estábamos
construyendo y aunque ya no esperaba que nadie me siguiera la onda, un día
pregunté (por no dejar) si alguien quería ir por cheve después del jale, y Rulo
luego luego dijo ‘¡vamos!’. Me sorprendí gratamente por su actitud, por fin alguien me tomaba la palabra. Fuimos esa
vez a un restaurante de pizza donde tocaban música en vivo, platicamos de muchas cosas y nos comprometimos a repetirlo pronto. Y días después llegó a Saltillo Juvenal, un amigo que ya conocía de Monterrey,
pero que no me llevaba mucho con él. Se animó a salir con nosotros y así hice
el segundo grupo de bebedores. Rulo, Juvenal y yo, salíamos los miércoles en la noche a cenar y tomar cerveza.
Una vez que logré que la gente de acá se
abriera conmigo ya fue mucho más fácil agarrarle el gusto a Saltillo; porque
en realidad la gente de aquí me cae muy bien. Hay muchísima gente que vale la
pena. Las pláticas con la gente de la oficina: Emi, Kike, Angie, Fay, Lariza,
Adriana, siempre eran muy divertidas, y otras muy interesantes, y le empecé a
agarrar mucho cariño a la personas que llegué a conocer. Tomar un descanso en la oficina para salir a fumar y platicar un rato se hizo una costumbre muy padre. Empecé a conocer mejor a cada uno de mis compañeros e incluso la amistad se comenzó intimar.
Por
último, conocí a un amigo con quien también hice buena relación. A Alejandro lo
conocí en Mty en la fiesta de cumpleaños de mi amiga Marcela a las pocas
semanas de cambiarme a acá.Le dije que
vivía en Saltillo y que no conocía a mucha gente; salimos a tomar una vez, y
luego no lo volví a ver durante 6 meses, y en diciembre me mandó un mensaje
para ir a un restaurante-bar a tomar cerveza con unos amigos suyos. Me
sorprendió que me invitara porque pensé que solo había ido aquella vez para
cumplir y salir del compromiso, pero pues acepté ir ese día y ahí conocí a su
amigo Homero, que también se volvió mi amigo.
Todo
esto me llevó a ya no solo dejar de ir a Mty los miércoles, sino que a veces me
quedaba el fin de semana en Saltillo, y no volvía a Monterrey sino hasta
después de tres semanas. Sobretodo porque cuando volvía a Monterrey me quedaba
en casa de mis papás, porque ya no estaba rentando casa ahí, y no estuve muy a
gusto de volver a vivir bajo las reglas de su casa. Me di cuenta que mi casa
estaba en Saltillo ya.
El
proyecto que debía de terminar en enero se alargó, y a principios de este año
empecé a salir con mi novia, quién vive en Monterrey, y por esa razón empecé a
pasar los fines de semana allá. También por esa razón me puse a buscar un lugar
donde hacer ejercicio, y Alejandro me convenció de entrar al crossfit a donde
él iba. Homero también entrenaba ahí, y a principios de marzo comencé a ir a un
gimnasio a 10 minutos de mi departamento. El ejercicio me gustó desde el
principio, y como no sabía nada de eso y no conocía a nadie, me presenté con el
coach, para que supiera que era nuevo y me cambiara ejercicios para los que
necesitara más experiencia. Y en los próximos tres meses conocí a varias
personas del crossfit y me integré muy bien. Hacer ejercicio con otras personas es mucho más entretenido que estar solo. Homero, Alex y yo, que casi siempre entrenamos juntos, nos poníamos metas cada día para esforzarnos más. Bromeábamos mucho en el entrenamiento y el ambiente se hizo muy ameno. Poco a poco fuimos acostumbrándonos a entrenar juntos todos los días, y por lo menos una vez a la semana salir a cenar y tomar cerveza después de entrenar. Todo esto fue lo que me llevó a sentirme parte de esa ciudad. No es solo vivir ahi, es convivir con la gente, conocerlos, conocer lugar donde pasar a comer, a tomar. Invitar a alguien a tu casa, que te inviten a la suya, y poder decir que pasaste un buen rato.
A
pesar de que la gente en Saltillo no es muy incluyente con gente nueva que
llegue a su ciudad, tengo que decir que una vez que pude entrar en su ambiente,
me trataron muy bien, y me gustó mucho vivir aquí. Y ahora puedo decir que hay muchas cosas que me gustan de Saltillo. Primero que nada: la diferencia
en el tráfico. En Monterrey puedo pasar 40 minutos en la calle solo para llegar
de la oficina a mi casa; aquí en Saltillo en 15 minutos llego al lugar más
lejano donde quiera ir. El clima también es una gran ventaja porque a pesar de
ser muy extremo los días de frío, no se compara con los calores de 45 grados en
Monterrey. Y por varias razones, siento que la vida en Saltillo es mucho menos estresante y más cómoda que en Monterrey.
Ahora
ya me regreso a mi ciudad, y sorprendentemente no tengo muchas ganas de volver.
Tener tan cerca a Monterrey y poder estar ahí en 40 minutos, me hace preferir
vivir tranquilo en una ciudad más chica y menos agitada, y regresar a divertirme allá los fines de semana. Pero ya terminó mi trabajo aquí,
y ahora que regrese, ciertamente voy a extrañar Saltillo. Sobre todo a las personas. Me acostumbre a compartir platicas todos los días y sobretodo, siento que todavía tengo mucho que aprender aquí. Aunque creo que la razón principal es que me encariñé con la gente de esta ciudad.
La
semana pasada me empecé a despedir de todos, y me dio mucho gusto saber que no
solo yo voy a extrañar a mis amigos de aquí. En cada lugar me ofrecieron hacer
una pequeña despedida. Incluso en el crossfit, el viernes los coaches pusieron
un ejercicio extra por mi regreso a Mty, que es lo más cercano que tienen a hacer una fiesta de
despedida. Se despidieron afectuosamente y me pidieron volver a visitarlos. También
de parte de los angloparlantes, Chris me regaló una camiseta de Superman, de despedida. Y así
con la gente con la que conviví, me propuse pasar un rato este último fin de
semana, y con orgullo digo que todos se despidieron con mucho cariño de mí.
No
esperaba extrañar tanto Saltillo cuando me regresara. Pero este año que estuve
aquí, es una experiencia que se me queda tatuada en mi personalidad. Con gusto
voy a visitar Saltillo de ahora en adelante, y al igual que presumo de tener amigos en otros países,
ahora sé que puedo venir aquí y encontrar amigos que vale la pena visitar. Un poco de mí se queda aqui y un poco de Saltillo se va conmigo a Monterrey. Y entre carnes asadas, cervezas, ejercicio, trabajo, pláticas y bromas, voy vaciando el departamento en el que viví un año, y por alguna razón, no siento que estoy dejando Saltillo, sino que me doy cuenta que ahora pertenezco también a este lugar.