Permanecer en un libro una nota sobre volver a leer sin prisa

Durante el último año y medio, algo cambió en mi forma de leer.

No fue de golpe. Simplemente empecé a notar que me costaba más trabajo. Los libros me aburrían, me tardaba en terminarlos, y muchas veces tenía que obligarme a continuar. La lectura, que siempre había sido algo natural para mí, empezó a sentirse pesada.

Seguí leyendo, claro. Como siempre. Incluso dentro del club de lectura en el que llevo tiempo. Pero ya no era lo mismo. Había una especie de resistencia constante, como si algo no terminara de enganchar.

En algún punto pensé que el problema era el ritmo. Que quizá necesitaba libros más cortos, más fáciles de terminar. Hice listas, escogí novelas breves, traté de mantener cierta constancia.

No cambió mucho.

Podía terminar algunos libros, sí. Algunos incluso me gustaban. Pero aun así, me costaba sentarme a leerlos. Como si el interés no fuera suficiente para sostener el hábito.

Hace unas semanas, un amigo me comentó que estaba leyendo Los hermanos Karamázov, de Fyodor Dostoevsky.

Me sorprendió. No tanto por el libro en sí, sino por él. No lleva toda la vida leyendo, y aun así estaba metido en una novela enorme que yo había estado posponiendo desde hace años.

Eso me incomodó un poco. Me tocó el orgullo.

Ese libro llevaba rato en mi lista de pendientes, pero lo evitaba por lo mismo: es largo, denso, exigente. Y en ese momento, yo ni siquiera podía con libros cortos.

Aun así, lo busqué.

Intenté empezarlo en Kindle, no funcionó. Algo no terminaba de hacer clic. Así que compré una edición física, una que me llamara la atención, y la pedí.

Y entonces sí.

Empecé a leer Los hermanos Karamázov.

Lo que pasó después me sorprendió más que el libro en sí.

De pronto, la presión desapareció.

No porque me lo propusiera, sino porque el propio tamaño del libro lo hacía evidente: esto no se va a acabar pronto. No importa cuánto lea hoy, mañana o la siguiente semana.

Y, en lugar de desesperarme, eso me tranquilizó.

Empecé a leer sin pensar en terminar.

Sin urgencia.

Solo por seguir.

Y algo se acomodó.

En apenas un par de semanas avancé más de lo que había avanzado en meses. No porque me estuviera forzando, sino porque quería volver al libro. Porque me interesaba. Porque estaba ahí.

Es extraño que haya sido justamente una novela larga, con diálogos interminables y páginas densas, la que me sacara de ese bloqueo.

Pero así fue.

Ahora estoy leyendo con una facilidad que no sentía desde hace tiempo. No estoy pensando en cuántos libros llevo, ni en cuánto me falta. Solo estoy leyendo.

Y lo más curioso es que ya no me intimidan los libros largos.

Al contrario.

Son los que ahora más me llaman.




Sobre los hombros invisibles

La pregunta sobre a quién debemos agradecer el mundo que habitamos parece sencilla, pero encierra un problema más profundo: nuestra necesidad de encontrar responsables visibles de aquello que es, en realidad, el resultado de innumerables causas invisibles.

Existe una inclinación humana a narrar la historia como una sucesión de protagonistas. Necesitamos nombres propios, fechas, fundadores, padres fundacionales, inventores. El relato se vuelve manejable cuando puede organizarse alrededor de figuras identificables. Sin embargo, esta comodidad narrativa tiene un costo: reduce procesos vastos y complejos a biografías individuales.

La historia, observada con cierta distancia, no se asemeja a una galería de héroes sino a una red de dependencias. Cada logro descansa sobre otros logros anteriores, y estos, a su vez, sobre condiciones que nadie diseñó deliberadamente. Ninguna civilización surge de la nada; ninguna religión aparece sin antecedentes; ningún descubrimiento inaugura un mundo completamente nuevo. Todo emerge dentro de una continuidad que precede y excede a sus protagonistas.

El lenguaje cotidiano contribuye a la simplificación. Decimos que alguien “inventó” algo, que una institución “fundó” determinada tradición, que una cultura “dio origen” a cierto orden social. Pero estos verbos sugieren una ruptura que rara vez existe. En realidad, lo que llamamos invención suele ser reorganización; lo que llamamos origen es transformación; lo que llamamos fundación es consolidación de procesos ya en marcha.

Atribuir el progreso a un grupo específico satisface una necesidad identitaria. Permite afirmar pertenencias, reclamar legitimidad histórica y consolidar narrativas colectivas. Pero esa apropiación simbólica del pasado pasa por alto un hecho fundamental: el conocimiento humano no reconoce fronteras definitivas. Se transmite, se traduce, se adapta, se mezcla. A menudo florece en un lugar distinto de aquel donde se gestó.

Desde una perspectiva filosófica, la noción de “agradecimiento histórico” resulta ambigua. Agradecer implica reconocer una intención dirigida hacia nosotros. Sin embargo, la mayoría de los actores del pasado no actuaron pensando en quienes vivirían siglos después. Sus motivaciones fueron contingentes, situadas, incluso contradictorias. El mundo actual es, en gran medida, una consecuencia no prevista de decisiones tomadas bajo circunstancias muy distintas.

Esto no implica negar el mérito individual ni diluir toda responsabilidad en una abstracción impersonal. Significa reconocer que el individuo actúa dentro de estructuras que lo preceden. La creatividad misma depende de un lenguaje heredado, de herramientas desarrolladas por otros, de problemas formulados con anterioridad. El genio no surge en el vacío; piensa con conceptos que no inventó.

La metáfora de “estar sobre los hombros de gigantes” suele emplearse para exaltar a los grandes pensadores. Pero esa imagen puede ampliarse: los gigantes también están sostenidos por otros gigantes, y estos por otros más. Si seguimos la cadena hacia atrás, lo que aparece no es una jerarquía clara sino una continuidad interminable.

Tal vez la lección más sobria que ofrece la historia es la interdependencia. Lo que somos no es propiedad exclusiva de una tradición, una nación o una religión. Es el resultado de cruces, intercambios, conflictos y transmisiones que exceden cualquier identidad particular. Reconocerlo no disminuye los logros; los sitúa en una perspectiva más amplia.

En última instancia, la tentación de idolatrar revela una dificultad para aceptar la complejidad. Es más sencillo señalar un origen que admitir una trama. Sin embargo, una mirada filosófica sobre el pasado sugiere que el progreso humano no pertenece a nadie en singular. Es una obra colectiva cuya autoría se diluye en el tiempo.

Aceptar esto no elimina la posibilidad de admirar, pero transforma la admiración en algo más sobrio: no en culto, sino en comprensión.




El Super Bowl se volvió la Navidad

Hay cosas que dejan de decirnos algo, pero no por eso dejan de tener un lugar en nuestra vida. La Navidad es una de ellas. Soy ateo desde hace años y, en términos estrictamente religiosos, la fecha no me mueve nada. No creo en el milagro, ni en el nacimiento divino, ni en la promesa espiritual que se supone la sostiene. Y sin embargo, la celebro.

La celebro porque la Navidad ya no es, al menos para mí, una cuestión de fe, sino de ritual. Es el momento en el que nos reunimos, en el que hacemos una pausa obligatoria, en el que miramos el año que pasó, reflexionamos y, a veces sin decirlo explícitamente, hacemos un pequeño balance de lo que somos y de cómo llegamos hasta aquí. No celebro una creencia; celebro a las personas.

Con el Súper Bowl me pasa exactamente lo mismo.

Hubo un tiempo en el que el partido me importaba. Me sabía los equipos, los jugadores, las historias. Había expectativa, emoción genuina, interés real. Pero hoy ya no. El juego, en sí, me dice muy poco. Podría no verlo y no sentir que me pierdo algo importante. No me interesa quién gane, ni analizo las jugadas, ni espero el medio tiempo con entusiasmo.

Y aun así, lo sigo viendo.

Lo veo porque, como la Navidad, el Súper Bowl se convirtió en una excusa para juntarnos. Para estar en el mismo lugar al mismo tiempo. Para compartir comida, conversaciones triviales y silencios cómodos. Para vernos. Para recordarnos que seguimos aquí, orbitando unos alrededor de otros, aunque la vida nos lleve por caminos distintos el resto del año.

Hay algo profundamente humano en estos rituales vaciados de su significado original. Nos quedamos con la forma, no con el fondo. Con el gesto, no con la creencia. Y eso no los hace menos valiosos; quizá los hace más honestos.

Así como la Navidad ya no es para mí un acto de fe, el Súper Bowl ya no es un acto deportivo. Ambos son pretextos. Pretextos para detener la rutina, para coincidir, para construir memoria colectiva a partir de cosas aparentemente banales: un partido, una cena, una fecha en el calendario.

Tal vez eso es lo que realmente celebramos. No el nacimiento de nadie, ni el campeonato de un equipo, sino el simple hecho de encontrarnos. De seguir teniendo motivos, aunque sean arbitrarios, para sentarnos juntos y decir, sin decirlo del todo: seguimos aquí. Y a veces, eso basta.