El Super Bowl se volvió la Navidad

Hay cosas que dejan de decirnos algo, pero no por eso dejan de tener un lugar en nuestra vida. La Navidad es una de ellas. Soy ateo desde hace años y, en términos estrictamente religiosos, la fecha no me mueve nada. No creo en el milagro, ni en el nacimiento divino, ni en la promesa espiritual que se supone la sostiene. Y sin embargo, la celebro.

La celebro porque la Navidad ya no es, al menos para mí, una cuestión de fe, sino de ritual. Es el momento en el que nos reunimos, en el que hacemos una pausa obligatoria, en el que miramos el año que pasó, reflexionamos y, a veces sin decirlo explícitamente, hacemos un pequeño balance de lo que somos y de cómo llegamos hasta aquí. No celebro una creencia; celebro a las personas.

Con el Súper Bowl me pasa exactamente lo mismo.

Hubo un tiempo en el que el partido me importaba. Me sabía los equipos, los jugadores, las historias. Había expectativa, emoción genuina, interés real. Pero hoy ya no. El juego, en sí, me dice muy poco. Podría no verlo y no sentir que me pierdo algo importante. No me interesa quién gane, ni analizo las jugadas, ni espero el medio tiempo con entusiasmo.

Y aun así, lo sigo viendo.

Lo veo porque, como la Navidad, el Súper Bowl se convirtió en una excusa para juntarnos. Para estar en el mismo lugar al mismo tiempo. Para compartir comida, conversaciones triviales y silencios cómodos. Para vernos. Para recordarnos que seguimos aquí, orbitando unos alrededor de otros, aunque la vida nos lleve por caminos distintos el resto del año.

Hay algo profundamente humano en estos rituales vaciados de su significado original. Nos quedamos con la forma, no con el fondo. Con el gesto, no con la creencia. Y eso no los hace menos valiosos; quizá los hace más honestos.

Así como la Navidad ya no es para mí un acto de fe, el Súper Bowl ya no es un acto deportivo. Ambos son pretextos. Pretextos para detener la rutina, para coincidir, para construir memoria colectiva a partir de cosas aparentemente banales: un partido, una cena, una fecha en el calendario.

Tal vez eso es lo que realmente celebramos. No el nacimiento de nadie, ni el campeonato de un equipo, sino el simple hecho de encontrarnos. De seguir teniendo motivos, aunque sean arbitrarios, para sentarnos juntos y decir, sin decirlo del todo: seguimos aquí. Y a veces, eso basta.



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