la honestidad escasea

No sé si Trump es producto de nuestra realidad o viceversa. Pero de lo que estoy seguro es que mentir se ha vuelto una moda, y la honestidad se ha vuelto tan rara que llega a parecer obsoleta. ¿Para qué ser honesto si no nos van a creer? ¿Por qué creerle a alguien si siempre miente? ¿Por qué voy a ser honesto yo, si las autoridades, los presidentes, los policías, los maestros y todos los que deberían de promover la honestidad, todos mienten? 

Ser honesto es algo bueno y, aunque el engaño conlleve una ventaja para el mentiroso, la honestidad no deja de ser la mejor manera de vivir. El mentiroso tiene que sostener sus mentiras para que le sirva de algo mentir. Solo tiene ventaja si la gente le cree sus mentiras; pero a medida que estas son descubiertas menos gente le cree. Con esto quiero decir que el mentiroso quema cartuchos, mientras que el honesto no necesita dejar de ser honesto. El mentiroso tiene que recordar sus  mentiras, de otro modo es fácil que lo descubran, y cuando se equivoca tiene que inventar nuevas mentiras para poder cubrir las anteriores. El honesto no necesita tomar nota de lo que va a decir y a quién, solo necesita recordar lo sucedido. 

En estos tiempos en que la información fluye tan rápidamente que no tenemos tiempo de digerirla, la verdad es un bien muy preciado. Los honestos escasean. No puedes confiar en lo que te dicen sin verificarlo por ti mismo. Y quien conoce el verdadero valor de la honestidad, sabe que es algo caro que no se espera de cualquiera ni se vende barato. Muchos periodistas saben lo que cuesta ser honesto y el valor de esa cualidad; ellos ganan dinero por la cantidad de gente que les cree, y se ganan su prestigio con cada noticia que publican. Pero a pesar de que son muchos los periodistas honestos, hoy por hoy abundan las noticias falsas y engañosas que solo buscan lograr una venta rápido. A todo esto llega el dilema sobre la honestidad. ¿No es frustrante saber que el mentiroso gana dinero más rápido que el honesto? Y no es solo dinero, hablamos de fama, popularidad y poder. Y sin embargo no me queda duda que si queremos una vida más simple y más gratificante debemos escoger la honestidad. 

No soy ingenuo. No pido la completa honestidad el 100% del tiempo que vivimos. Me queda claro que las mentiras son necesarias e inevitables. Si mi sobrina de 3 años me pregunta si me gusta el dibujo que hizo, indudablemente voy a decir que sí, siempre. Si mi esposa me prepara de comer y no fue de mi total agrado, no se lo voy a hacer saber, aunque me lo pregunte. No vale la pena. Si llego con un cliente y tengo que mentir sobre mis gustos para poder iniciar una conversación, sin pensarlo dos veces voy a mentir. Sin embargo,  esas situaciones no justifican mentir en situaciones importantes; incluso en las no tan importantes. Esa es otra normalidad que no entiendo, la capacidad de decir mentiras casi todo el tiempo, solo por mentir, solo por exagerar las cosas aunque sea un poco (empezando por Facebook). 

En todos lados vemos a gente mentir, robar, esconder la verdad, hacer trampa; todo por el éxito inmediato. Pero también vemos, irónicamente, cómo la gente admira a las personas honestas por su honestidad, o más bien por su capacidad de triunfar sin recurrir al engaño. Pero si eso es digno de admirarse, ¿por qué no es la norma general? Lo es, pero solo en teoría. En la práctica es muy diferente, y lo que me asombra es la capacidad que tenemos para mentir incluso en eso. En vez de aceptar que todos mentimos y que no le damos valor a la veracidad, enseñamos a los menores que no deben de decir mentiras. 

Personalmente yo prefiero ser honesto. ¿Soy honesto todo el tiempo? No. Pero intento serlo. Y lo más importante, no miento si la ocasión no lo amerita, y cada vez las situaciones que lo ameritan son más escasas. No son para obtener dinero, ni favores ni privilegios; son para salir de situaciones incómodas o para evitarlas. Miento para no ofender a alguien o para hacerlo sentir bien. Pero el hecho de no abusar de las mentiras me vale el respeto de mucha gente, y la confianza de mucha más. Y lo más importante: otorga autoridad moral. A nadie le gusta que le den sermones cuando quien los da dista de ser una persona integra. Y a pesar de que cargo con la reputación de la mayoría y me cuesta trabajo ganar la confianza de algunas personas, lo bueno de decir la verdad es que eventualmente la gente lo nota, lo reconoce y lo agradece.

En el episodio final de la séptima temporada de Game of Thrones (que salió ayer en la noche), escuché una frase que me gustó mucho; Jon Snow se rehusa a hacer una falsa promesa y sus aliados se lo recriminan, pero él les contesta con una muy buena frase:

“But when enough people make false promises, words stop meaning anything. And there are no more answers only better and better lies, and lies won’t help us in this fight.”

“Pero cuando suficiente hace falsas promesas, las palabras dejan de tener significado. Y entonces ya no hay respuestas, solo mejores y mejores mentiras, y las mentiras no nos van a ayudar a ganar esta batalla.”


A veces lo único que tenemos es nuestra palabra. Y cuando nuestra palabra no vale nada, nadie estaría dispuesto a ayudarnos. La honestidad se logra día con día, hasta en las situaciones más simples, pero sobre todo en las difíciles. A veces lo único que tenemos de alguien más es su palabra, y si no podemos confiar en ella, quizás sea por que sabemos que nosotros tampoco la cumpliríamos  si estuviéramos en su lugar. 


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